La postura de Hassan II frente a la revolución encabezada por Ruhollah Jomeini en 1979 no fue un simple gesto diplomático circunstancial, sino una decisión estratégica basada en una lectura profunda de las transformaciones regionales
Mientras muchas miradas se centraban en las consignas revolucionarias que llegaban desde Irán, Marruecos observaba con cautela lo que se ocultaba tras el discurso: un proyecto político con vocación transnacional bajo el lema de la “exportación de la revolución”.
Rabat no trató el acontecimiento como un asunto meramente interno iraní, sino como un giro capaz de reconfigurar los equilibrios regionales sobre bases ideológicas y confesionales. El concepto de la “Wilayat al-Faqih” (Gobierno del Jurista), surgido de la revolución, no representaba únicamente una fórmula de gobierno religioso, sino un marco que otorgaba a la autoridad religiosa supremacía política, con una proyección discursiva que trascendía las fronteras nacionales.

Mohamed VI
En contraste, Marruecos se apoyaba en un modelo distinto de articulación entre religión y Estado. La institución de la “Comandancia de los Creyentes”, con profundas raíces en la historia marroquí, se ha presentado como garante de la unidad doctrinal y la estabilidad espiritual. Con el paso de los años, este enfoque se consolidó, especialmente bajo el reinado de Mohamed VI, durante el cual se reorganizó el campo religioso y se reforzó el papel del Consejo Superior de Ulemas para regular la emisión de fatwas y encuadrar el discurso religioso dentro de una referencia nacional claramente definida.
Entre soberanía y proyección ideológica
La revolución iraní nació en un contexto social específico, marcado por profundas transformaciones culturales y acusadas desigualdades sociales. Sin embargo, su impacto no quedó limitado al territorio iraní. El discurso de la “exportación de la revolución” se convirtió rápidamente en un factor de tensión en las relaciones de Teherán con varias capitales árabes, que lo percibieron como una amenaza directa a su estabilidad interna.

Mujeres iraníes pasan junto a un cartel del difunto líder iraní, el ayatolá Ruhollah Jomeini, durante la ceremonia de aniversario de la Revolución Islámica de Irán en el cementerio Behesht Zahra, al sur de Teherán – REUTERS/RAHEB HOMAVANDI
La conciencia religiosa… primera línea de defensa
En el ámbito interno, la estructura religiosa tradicional marroquí se sustenta en la escuela malikí, la doctrina ash‘arí y el sufismo suní, un entramado que durante siglos ha configurado una identidad religiosa cohesionada. Esta cohesión es vista como uno de los principales elementos de inmunidad nacional frente a eventuales intentos de penetración doctrinal o instrumentalización política de la religión desde el exterior.
Aunque el debate sobre una posible “infiltración chií” en Marruecos sigue siendo objeto de interpretaciones divergentes, el enfoque oficial ha priorizado desde temprano el fortalecimiento institucional del campo religioso, con el fin de prevenir cualquier instrumentalización externa.

La era del pragmatismo
En un contexto internacional marcado por rápidas transformaciones, las relaciones entre los Estados ya no se gestionan a partir de consignas, sino sobre la base de intereses y soberanía. Marruecos, que vincula su seguridad nacional a su profundidad árabe y del Golfo, adopta una estrategia pragmática orientada a proteger su integridad territorial y su estabilidad interna, lejos de las polarizaciones ideológicas.
En definitiva, la diferencia entre la Comandancia de los Creyentes y la Wilayat al-Faqih trasciende el plano doctrinal: se trata de visiones distintas sobre la legitimidad política y sus límites, así como sobre la articulación entre religión y Estado dentro de un marco nacional. Entre un modelo que vincula la autoridad religiosa a la soberanía estatal y otro que le otorga una proyección
Lahoucine Bekkar Sbaai, experto y analista político
Traducido del árabe por: Abdessamad Benyaich
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