
«….. qué placentero sería ver ahora a Sheinbaum tratando de abrir botellines de cerveza
haciendo la danza de la chapa voladora….»
No debimos
No, hombre, no. Nunca debimos conquistarlos. Nunca debimos llevarles la alegría y la vida, la lengua y la civilización. Nunca debimos echarnos a los mares oscuros, dejar morir a los nuestros en aguas hostiles, y prestar nuestro pecho al albur punzante de sus lanzas envenenadas. Nunca debimos enseñarles que hay un Dios de la esperanza, una Madre más eficaz de la Cúpula de Hierro, ni poner a régimen su dieta alta en proteínas humanas. Era mejor ocultarles el secreto de la prosperidad.
No debimos hacer de Malinche doña Marina, ni aceptársela como obsequio a los mayas, ni convertirla en piedra angular del entendimiento con los indígenas. No debimos instruirlos en la organización política, ni elevarlos a virreinato, ni encauzarlos en la ley y la justicia, que con tanto denuedo han destruido después.
No debimos ilustrarlos con la lengua española, que al entrar en México abarcaba ya toda la terminología institucional y administrativa que hizo posible el desarrollo de la civilización, debieron seguir intentando organizarse para el porvenir buscando en la naturaleza algún fruto con forma de justicia o algún mamífero comestible con aspecto de misericordia.
No debimos enviarles a Hernán Cortés, el más culto y leído de los conquistadores, sino a algún malastripas sediento de sangría, caos y deshonor, del que poder renegar al rememorar su barbarie. No debimos enviar misioneros de corazón generoso, sino navajas albaceteñas y cuencos de cerámica talaverana para los rituales del amor en que desollaban a las víctimas y las exhibían para renovar la fertilidad; que es cosa rara, por cuanto después de la contemplación de un cadáver desollado, durante una larga temporada, se me haría difícil pensar siquiera en el protocolo de alcoba imprescindible para la cosa fértil.
No debimos concederles la confianza del mestizaje, ni empujarles a partir de cero, con hombres y mujeres que no eran ya indígenas ni tampoco españoles, sino algo nuevo y esperanzador. No debimos frenar la esclavitud, perseguir la injusticia, castigar al español que osase, al otro lado de los mares, deshonrar el buen nombre de España.
No debimos llevarles las nuevas técnicas agrícolas, las peculiaridades de una ganadería que aún era inédita allí, ni la tecnología más primitiva hasta para las cosas más elementales; a su alrededor.
No debimos abrirles rutas de comercio, ni armarlos institucionalmente, ni abrirles el horizonte de un mundo globalizado, ni instruirlos en las ventajas de la moneda; tal vez todavía hoy andarían pagando los teléfonos inteligentes y los billetes de avión con puñaditos de semillas de cacao.
No debimos explicar a propios y ajenos que los indígenas son también hijos de Dios, lo que los vuelve idénticos en dignidad a cualquier otro español, ni difundir catecismos con el abecedario moral del derecho a la vida, ni promulgar las Leyes Nuevas, aboliendo la esclavitud indígena, desarmando el entramado de encomiendas, y prohibiendo el empleo de indios en trabajos forzados. Eran felices en la andrajosa brutalidad de lo primitivo.
No debimos elegir amistarnos con unos pueblos leales y no con otros que eran sus enemigos, pacificando de facto disputas interminables; quizá habría sido más bonito y más humano sentarnos a comer palomitas y aplaudir mientras contemplábamos cómo uno exhibe en una gran plataforma la cabeza del jefe local contrario, y otro se afanaba en el manejo de cuchillos de obsidiana para extraer cuidadosamente el corazón del prisionero enemigo y servirlo tal vez en guiso como casquería de guerra a la hora del almuerzo.
No debimos, no. Debimos dejarlos a su mala suerte. No entonces, sino para siempre. Y por todo ello pedimos disculpas, por el gran «abuso» que fue llevar la civilización a donde había barbarie, sin sopesar que un día, siglos después, la barbarie podía tomar el poder y emputecer de nuevo la civilización que les legamos, poniendo a los nostálgicos de la adicción a la sangre inocente al mando del país.
Qué pereza de siglo, Señor, el que transita torpemente nuestra nación.
El autor
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.
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