Rota y Morón: la irresponsabilidad de jugar con la seguridad de España. Gustavo de Arístegui

 

Marruecos no pertenece a la OTAN; el marco jurídico, la seguridad de las tropas y la inversión en infraestructuras harían el traslado completo inviable a corto plazo. Lo que sí podría reubicarse son operaciones aéreas, repostaje, logística y hospital

Las alianzas son estructuras complejas y exigentes. Quien crea que una alianza es un paraguas que se despliega solo cuando llueve sobre el propio tejado no ha entendido nada de la lógica que sostiene la arquitectura de seguridad occidental desde 1949. Las alianzas sirven a todos los aliados o no sirven a ninguno. Y no son para los momentos de paz y estabilidad, sino para las horas oscuras en las que se pone a prueba la espina dorsal, la determinación real y el compromiso genuino con la seguridad colectiva.

En ese marco hay que situar el debate sobre las bases de Rota y Morón de la Frontera. No estamos ante una cuestión menor de política doméstica, sino ante uno de los pilares de la presencia militar estadounidense en el flanco sur de la OTAN. La Base Naval de Rota alberga seis destructores dotados de la última generación del sistema AEGIS —el dispositivo antimisiles balísticos más sofisticado del mundo—, cuya presencia allí no es caprichosa: las fragatas españolas clase Álvaro de Bazán operan con AEGIS de primera generación y son tácticamente complementarias de los destructores norteamericanos. Esa sinergia operativa, fruto de décadas de cooperación, no se improvisa ni se replica en ningún otro punto del Mediterráneo occidental.

Las ventajas geoestratégicas de Rota son extraordinarias. Está en el Atlántico, pero a las puertas del Estrecho de Gibraltar. Dispone de aguas profundas para buques de gran calado. Se encuentra cerca de África sin estar en África. Y ocupa una posición equidistante entre Estados Unidos y Oriente Medio, lo que la convierte en plataforma logística y operativa de valor incalculable. Morón complementa ese despliegue con capacidades aéreas, de repostaje, logísticas y hospitalarias, actuando como puente entre el territorio estadounidense y el arco de inestabilidad que va desde el Sahel hasta el Golfo Pérsico.

La guerra en curso contra la oligarquía yihadista iraní —con la crisis del Estrecho de Ormuz, el despliegue masivo de drones merodeadores y la decapitación sistemática de la cúpula del régimen— demuestra hasta qué punto Rota y Morón son hoy más necesarias que nunca. Los destructores AEGIS desplegados en Rota constituyen el escudo antimisiles balísticos del flanco sur de la Alianza precisamente cuando Irán amenaza con cerrar la arteria energética más importante del planeta. Morón opera como nodo logístico insustituible para las operaciones aéreas y de repostaje hacia Oriente Medio y el norte de África, con trescientos días de cielos despejados al año y una posición intermedia óptima para el transporte estratégico. Pero la dimensión militar no agota la cuestión. Rota genera un impacto económico superior a seiscientos millones de euros anuales en la Bahía de Cádiz: casi tres mil militares estadounidenses, cuatrocientos civiles y unos dos mil seiscientos familiares que alimentan alquileres, consumo, educación y servicios en toda la comarca. El contrato de mantenimiento de destructores con Navantia —ochocientos veintidós millones de euros hasta 2028— asegura en torno a mil empleos anuales en la industria naval local. Se estima que aproximadamente dos tercios del PIB de Rota están vinculados directa o indirectamente a la base. En Morón, trescientos cincuenta trabajadores españoles y un tejido de pymes de transporte, restauración, logística y servicios convierten la base en el motor económico central de la Campiña sevillana. Jugar a la ruleta con todo esto no es solo un disparate geoestratégico; es una irresponsabilidad social y política que condenaría a comunidades enteras a la ruina.

Quienes especulan sobre un posible traslado a Portugal, Italia o Alemania ignoran la realidad operativa. Ninguna base aliada ofrece simultáneamente la combinación de posición frente al Estrecho, profundidad de puerto, espacio aéreo y anclaje en el escudo antimisiles que hoy concentra Rota. El sistema AEGIS es tecnología clasificada de máximo nivel. ¿Trasladarse a Marruecos, como sugieren ciertos medios afines al Palacio real de Rabat que ven una «oportunidad histórica»? Marruecos no pertenece a la OTAN; el marco jurídico, la seguridad de las tropas y la inversión en infraestructuras harían el traslado completo inviable a corto plazo. Lo que sí podría reubicarse son operaciones aéreas, repostaje, logística y hospital —es decir, las funciones de Morón—. El escenario más plausible no es un traslado, sino una diversificación que reduzca la centralidad española si el gobierno de coalición de izquierda extrema y ultraizquierda persiste en su actitud. Perder esa centralidad sería un daño estratégico y económico de consecuencias irreversibles.

Se puede y se debe discrepar de los aliados —la discrepancia leal es esencia de una alianza entre democracias—. Pero hay una diferencia sustancial entre no participar en una operación que la opinión pública no respalda y negarle a tu aliado principal el pan y la sal de manera ostensible, pública y ruidosa, con motivaciones domésticas y cálculos electorales espurios y de corto vuelo. Los países europeos que coquetearon con retóricas críticas tuvieron la inteligencia de prestar su apoyo logístico sin hacer de ello un espectáculo. España, bajo un Gobierno que confunde la política exterior con la política de partido, ha optado por el camino contrario.

Y eso es un acto de inmensa irresponsabilidad política que revela —ante aliados, adversarios y el mundo— una alarmante y gravísima falta de sentido de Estado. Se gobierna para la nación, no para la supervivencia del partido. La tragedia es que quienes deben proteger los intereses nacionales los sacrifiquen en el altar de la táctica partidista y los intereses personales más mezquinos.

Apoyar la desescalada y la negociación como salida no solo es legítimo, es imprescindible. Pero hacerlo dando una patada al tablero de las alianzas, por intereses espurios, tácticos y ciertamente patéticos, no es apostar por la paz: es apostar por la irrelevancia estratégica de España y, lo que es infinitamente más grave, por su inseguridad. Las bases de Rota y Morón no son moneda de cambio electoral ni peones en el ajedrez doméstico de un Gobierno acorralado. Son la garantía de que España ocupa el lugar que le corresponde en la arquitectura de seguridad occidental. Lo contrario es irresponsabilidad, incompetencia y oportunismo político de dimensiones cósmicas.

Gustavo de Aristegui.  Embajador de España-