¿QUÉ HA CAMBIADO EN VENEZUELA? Luis Cantalapiedra

 

La situación de Venezuela no se puede entender sin la figura de Hugo Chávez; Teniente Coronel del Ejército venezolano, en 1992 encabezó un fallido golpe de estado contra el legítimo presidente Carlos Andrés Pérez, por lo que fue detenido. En 1994 fue liberado gracias al sobreseimiento de la causa, otorgado por el nuevo presidente Rafael Caldera.

En 1998, ya dentro del marco legal, se presentó y ganó las elecciones presidenciales, siendo reelegido en sucesivos procesos electorales, lo que le permitió ocupar el puesto de presidente de la República Bolivariana de Venezuela hasta 2013. Su permanencia en el poder, lleno de más sombras que luces, merece un estudio aparte, por lo que continuaré desde diciembre de 2012, momento en el que el propio Chávez, consciente de su irreversible deterioro debido a un cáncer terminal, anunció que se retiraba a Cuba para tratarse adecuadamente tal y como había hecho en ocasiones anteriores, aprovechando para designar como su sucesor a Nicolás Maduro Moros, entonces vicepresidente de su gobierno.

La figura de Maduro tuvo cierta controversia incluso dentro del chavismo, que parecía decantarse por Diosdado Cabello, militar y seguidor de Chávez desde los primeros momentos, listo, insidioso y populista como él, pero nadie se atrevió a contradecir a quien había sido su referente durante veinte años.  A Maduro se le achacaba menor control, inteligencia y capacidad de resistencia; por otro lado, los analistas económicos aseguraban que, con el desplome del precio del petróleo, prácticamente la única fuente de ingresos de Venezuela, se aproximaba la quiebra y con ella el cambio político. Chavismo y oposición comenzaron a hacer chistes en relación con el apellido del sucesor (caería pronto por “maduro”); ¡qué valoración tan errónea!

Oficialmente Chávez falleció en marzo de 2013, quedando Maduro como presidente encargado hasta las elecciones que se celebraron en abril del mismo año, en las que derrotó muy ajustadamente al candidato de la oposición Henrique Capriles. El resultado fue impugnado por la oposición, que solicitó el recuento manual; conviene recordar que el sistema de votación venezolano es doble, por un lado electrónico, donde el ciudadano ejerce su derecho mediante un programa informático, y por otro lado parecido al procedimiento español, introduciendo la papeleta físicamente en una caja de cartón. El gobierno venezolano rechazó la solicitud.

La vida en Venezuela no era, no es, fácil. Salir a la calle es una aventura peligrosa y de noche es casi una temeridad; los robos a mano armada y con violencia extrema son la norma y los derechos para los detenidos, sobre todo políticos, no existen. Hay cárceles controladas por pranes (líderes criminales dentro de las prisiones) donde incluso celebran conciertos; las fuerzas del orden solo controlan el perímetro. El desabastecimiento es crónico; el gobierno intentó solucionarlo con los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Distribución) donde lo primero que se hace es pedir el carnet chavista y ni así cubre las necesidades básicas. El descontento de la población debido a la inflación, desabastecimiento, inseguridad ciudadana, corrupción, abuso de autoridad, limitación de libertades, etc. llevó en febrero de 2014 a manifestaciones generalizadas y en muchos casos violentas (allí denominadas guarimbas) por todo el territorio. La respuesta del chavismo fue dura, con participación de fuerzas policiales, militares y paramilitares, como los denominados colectivos (grupos de motoristas armados controlados por el régimen), acabando brutalmente con las revueltas.

No acabaron, sin embargo, los sobresaltos para Nicolás Maduro, pues en diciembre de 2015 perdió las elecciones a la Asamblea Nacional, teniendo que maniobrar taimadamente con la colaboración del Tribunal Supremo de Justicia, que en agosto de 2016 declaró en desacato a la Asamblea, asumiendo sus funciones. Después de infructuosas negociaciones para volver a la legalidad, en enero de 2019 la Asamblea nombró al opositor Juan Guaidó presidente interino de Venezuela; este nombramiento fue reconocido por 50 paises, pero desautorizado por una veintena entre los que merecen ser destacados China y Rusia. Tras varios años de lucha la presidencia de Guaidó se diluyó tristemente, en mi opinión sin haber recibido un auténtico respaldo de grandes actores como Estados Unidos o la Unión Europea.

El último capítulo, hasta ahora, de procesos electorales en Venezuela se desarrolló en julio de 2024, con el enfrentamiento por la presidencia entre Nicolás Maduro y Edmundo González, este último poco conocido fuera del ámbito venezolano; diplomático de prestigio, hombre polifacético, quizá mayor para el esfuerzo que requería el reto al que se enfrentó, sin duda abocado por la enésima inhabilitación a la que el régimen chavista había sometido a la verdadera líder, y yo diría que heroína, de la oposición al chavismo, María Corina Machado. Esta mujer, con 30 años de lucha a sus espaldas ha sufrido agresiones físicas, tiroteos, secuestros, persecuciones sin tregua… su última inhabilitación fue precisamente para las elecciones de 2024. Siguiendo con el desarrollo de los acontecimientos, tras las elecciones el chavismo se apresuró a comunicar la victoria de Maduro, información que no tardó en ser desmentida por la propia Machado que aseguró poder probar que Edmundo González había sido votado por el 70% de los electores y conminaba al Consejo Nacional Electoral a que publicara los resultados oficiales, cosa que hasta la fecha no se ha producido. Para el candidato opositor fueron días difíciles, teniendo que refugiarse en la embajada de Países Bajos y después en la residencia del embajador de España. Al parecer el régimen chavista negoció su salida hacia España si firmaba un manifiesto reconociendo su derrota, cosa que finalmente sucedió.

En esta ocasión los reconocimientos internacionales fueron más tibios; en concreto el gobierno español aún no lo ha hecho. Edmundo González aseguró que iría a Venezuela el 10 de enero de 2025 para la toma de posesión como presidente electo, pero ante la amenaza, y certeza, de que su avión sería derribado si entraba en el espacio aéreo venezolano, decidió sensatamente renunciar a la empresa.

El 3 de enero de 2026 se produjo la operación militar para la captura de Maduro y su esposa, Cilia Flores. El presidente Trump no acostumbra a mentir, y en esta ocasión tampoco lo ha hecho; dijo que atacaría objetivos terrestres y lo ha cumplido; también que su prioridad no es la transición hacia elecciones libres, su evidente interés es el petróleo. Para evitar problemas legales internos se ha apresurado a reafirmar que no ha atacado a un país soberano, sino que se ha limitado a capturar a un narcotraficante prófugo de la justicia norteamericana. Por otro lado, teniendo como lecciones aprendidas los caos consecuentes a los derrocamientos de regímenes como el de Irak o Libia, ha preferido el mal menor de mantener en su puesto a personajes que le resultan útiles, al menos temporalmente; también es la razón por la que ha ninguneado claramente a Machado, consciente de que su protagonismo y reconocimiento hubiera supuesto un camino más tortuoso para poner en funcionamiento la decrépita industria petrolera venezolana.

La situación para el pueblo venezolano apenas ha cambiado, si acaso se está produciendo una caza de brujas para intentar descubrir a traidores e infiltrados. El poder sigue en manos del chavismo (“Chávez vive, la lucha sigue”), con tres figuras prominentes: la ahora presidenta y más conocida en España Delcy Rodríguez, lleva años controlando la economía venezolana y parece que lo seguirá haciendo hasta donde lo permita la administración Trump; Diosdado Cabello, seguidor de Chávez desde el golpe de estado de 1992, controla la policía, fuerzas de orden público y paramilitares, muchos se extrañan de que no esté ya acompañando a Maduro; por último Vladimir Padrino López, ministro de defensa desde 2014, también en el punto de mira de Estados Unidos, aunque aparentemente ejerciendo su autoridad sin restricciones. Todos ellos probablemente tendrán que aclarar el papel interpretado por cada uno en la sospechosamente inmaculada operación Determinación Absoluta.

A pesar de que se ha eliminado a un dirigente claramente ilegítimo el procedimiento empleado no parece el más ortodoxo. Intervenir por la fuerza en un país soberano, aunque se trate de enmascarar como una acción quirúrgica contra un delincuente, no puede recibir la aprobación internacional y abre un abanico inquietante; después de Venezuela parece que Groenlandia, Colombia, Panamá, Cuba o México, no necesariamente por este orden, pueden estar en la lista norteamericana; Rusia podría sentirse legitimada para continuar sus ambiciones expansionistas sobre Ucrania, territorios bálticos u otros que colmen sus apetitos expansionistas; por último China, cuya potencia no deja de crecer y que cada vez necesitará menos la aquiescencia norteamericana, tiene a Taiwan en el punto de mira, y que se prepare Japón e incluso Filipinas. No sería de descartar que estos tres grandes ya se hayan repartido sus áreas de influencia, entendiendo como tales las zonas donde actuar impunemente sin riesgo a una confrontación entre ellos.

Pero, ¿había otra solución para Venezuela? Quiero pensar que sí, pero hubiera requerido una posición monolítica europea, decidida a apoyar a los sucesivos líderes que han derrotado en las urnas al chavismo. Las respuestas fueron tibias, parciales, declaraciones más o menos ampulosas con escasos efectos reales. Se deberían haber adoptado medidas como bloqueo de cuentas, expulsión de diplomáticos, aislamiento internacional y muchas otras capaces de hacer recapacitar a los usurpadores sobre la conveniencia de no seguir detentando el poder. Quizá con la actual “vieja Europa” esto es una utopía lejos de nuestras posibilidades.

La libertad en Venezuela tendrá que esperar.

Luis Cantalapiedra Cesteros

Coronel de Infantería retirado

Agregado de Defensa en Caracas entre 2012 y 2015