Mientras el presidente se dedicaba a su cruzada ideológica contra Elon Musk y el anonimato en redes, la seguridad nacional de España sufría en Suiza su mayor debacle desde 1982. Trump nos señala como «parásitos» y Marruecos se convierte en el gendarme oficial de Estados Unidos.
Lo que ha ocurrido esta semana en la gélida estación de Davos no ha sido una cumbre diplomática, sino una autopsia en directo de la relevancia internacional de España. La realidad, cruda y sin los filtros de la propaganda monclovita, es que el orden multilateral que protegía nuestras fronteras ha saltado por los aires. Y lo peor no es el ruido, sino el silencio de nuestro Gobierno mientras las placas tectónicas de la geopolítica nos dejaban, literalmente, a los pies de los caballos. O mejor dicho, a los pies de Rabat.
Mientras Pedro Sánchez gastaba su capital político y su tiempo de intervención estelar atacando a los «milmillonarios tecnológicos» y obsesionándose con imponernos una «Cartera de Identidad Digital» para controlar lo que decimos en internet, en los despachos a puerta cerrada se decidía el futuro de nuestra supervivencia. Y España no estaba invitada.
La «Junta de Paz»: El club donde España no entra
El golpe de gracia ha sido la creación de la «Junta de Paz» (Board of Peace), el nuevo invento de Donald Trump para sustituir a una ONU inoperante. Se trata de un club exclusivo, transaccional y despiadado, donde la seguridad se compra a golpe de talonario: 1.000 millones de dólares en efectivo para entrar en el consejo permanente.
España, atrapada en su buenismo y sus rigideces presupuestarias, se ha quedado fuera. Pero Marruecos está dentro. Y no como un invitado de segunda, sino como «miembro fundador». Mohamed VI ha logrado lo que nuestra diplomacia ni siquiera olió: sentarse en la misma mesa ejecutiva que Estados Unidos e Israel. Esto no es una foto; es una sentencia. Significa que Rabat tendrá acceso preferente a la inteligencia, a la tecnología militar y al oído directo de la Casa Blanca. Marruecos ya no es un socio; es un aliado estructural del nuevo imperio americano.
La validación de la soberanía marroquí sobre el Sáhara ya no depende de resoluciones de la ONU; ahora es una realidad operativa consolidada en este nuevo «Eje de los Fuertes». Mientras tanto, Argelia, acorralada y despreciada por Trump, se convierte en un tigre herido y peligroso a nuestras puertas.
«Todos menos España»: La vergüenza internacional
Pero la humillación no vino sola. Donald Trump, sin ningún tipo de decoro diplomático, ha puesto una diana en la espalda de nuestro país. Ante la élite mundial, el presidente estadounidense lanzó un ultimátum que resuena como tambores de guerra comercial: exigió un gasto en defensa del 5% del PIB, una cifra inalcanzable para nuestra economía.
Y lo dijo con nombres y apellidos: «Todos menos España. No sé qué pasa con España. ¿Por qué no lo hacen? Quieren aprovecharse». Nos ha colgado el cartel de «gorrones» (free riders) ante toda la OTAN.
Las consecuencias de esta frase son aterradoras para cualquier analista militar con dos dedos de frente. Al señalarnos como el socio desleal, Trump está sentando las bases para cuestionar el Artículo 5 del tratado de la Alianza. Si mañana hay una crisis en Ceuta, Melilla o Canarias, Washington ya tiene la excusa perfecta para mirar hacia otro lado: no defendemos a quienes no pagan. La garantía de seguridad americana está, a efectos prácticos, en suspensión.
Sánchez, perdido en su laberinto digital
Resulta insultante, casi cómico, contrastar la gravedad de esta amenaza existencial con la agenda de Pedro Sánchez en el foro. Mientras se repartía el mundo y se decidía quién controla el Estrecho de Gibraltar, nuestro presidente prefería pelearse con Elon Musk y hablar de «bioseguridad» y «civismo digital».
Sánchez no ha entendido nada. Ha ido a una guerra entre superpotencias armado con una regulación sobre cookies. Su obsesión por la «guerra cognitiva» y el control de los bulos le ha impedido ver que el verdadero enemigo ya no necesita bots para desestabilizarnos; le basta con subir los aranceles o dar luz verde a nuestro vecino del sur.
La conclusión es desoladora. Estamos solos. La solidaridad europea se resquebraja por el pánico en el flanco Este y la crisis de Groenlandia, y Estados Unidos nos considera un parásito hostil. Hemos entrado en la «Era de la Competición» siendo el eslabón más débil. Las Fuerzas Armadas deben prepararse para lo peor: un escenario de supervivencia donde la ayuda exterior no llegará. Gracias a la inacción de este Gobierno, nuestra influencia sobre el Estrecho se ha perdido en los Alpes.
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