▶ Un amplio estudio descarta un temor que empezó en la década de los 80
El omeprazol es uno de los medicamentos más vendidos en nuestro país. En los últimos años, se ha popularizado tanto que algunos lo utilizan sin consultar a su médico para calmar la acidez puntual, cuando en realidad está indicado para el tratamiento a largo plazo de problemas crónicos de reflujo, gastritis o úlceras.
El uso a largo plazo de fármacos inhibidores de la bomba de protones (IBP) se había relacionado en estudios previos con un mayor riesgo de cáncer de estómago. Sin embargo, ahora, una nueva investigación con datos de salud de pacientes nórdicos, publicada en ‘The BMJ’, sugiere que no existe esta asociación en el caso del adenocarcinoma gástrico (no cardias), el tipo de cáncer de estómago más común.
Los investigadores creen que este hallazgo «debería ofrecer alivio» a los pacientes que necesitan terapia con inhibidores de la bomba de protones a largo plazo y es «valioso para la toma de decisiones clínicas en entornos de atención médica». El temor a que estos fármacos puedan provocar cáncer de estómago existe desde la década de 1980. Para ayudar a aclarar si su uso a largo plazo está asociado con un mayor riesgo de esta patología, los investigadores diseñaron un estudio que realizó amplios esfuerzos para evitar las limitaciones metodológicas de otros trabajos anteriores que sí sugerían esta relación.
Cinco países nórdicos
Sus hallazgos se basan en datos de registros de atención médica en los cinco países nórdicos (Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia) durante un período de 26 años, de 1994 a 2020. Identificaron a 17.232 pacientes con cáncer de estómago (casos) y compararon aleatoriamente a cada uno de ellos por edad, sexo, año y país con 10 participantes sanos (controles) de cada país: un total de 172.297. Luego registraron el uso a largo plazo (más de un año) de inhibidores de la bomba de protones y antagonistas del receptor de histamina-2 (otra clase de medicamentos utilizados para reducir el ácido estomacal), excluyendo los 12 meses anteriores a la fecha de diagnóstico (casos) o a la fecha de inclusión en el estudio (controles) para evitar el reporte de una asociación potencialmente falsa.
También s e tuvieron en c uenta otros factores que pudieron haber influido en los resultados, como la edad, el sexo, el tratamiento para la erradicación de Helicobacter pylori (la bacteria implicada en el desarrollo del cáncer de estómago), la úlcera péptica, las enfermedades relacionadas con el tabaquismo y el alcohol, la obesidad o la diabetes tipo 2, y el uso de ciertos medicamentos.
Después de ajustar estos factores, los investigadores no encontraron ninguna asociación restante entre el uso a largo plazo de inhibidores de la bomba de protones o antagonistas del receptor de histamina-2 y un mayor riesgo de cáncer de estómago. Al tratarse de un estudio observacional, no se pueden extraer conclusiones definitivas sobre la relación causa-efecto. Los autores no descartan la posibilidad de que factores no medidos, como la dieta y los antecedentes familiares de cáncer de estómago, hayan influido en los resultados.
Sin embargo, señalan que este estudio multinacional basado en hasta 26 años de datos de registros de alta calidad les permitió mitigar muchos de los sesgos y otros problemas que afectan a las investigaciones previas sobre este tema. «Los resultados de este estudio no respaldan la hipótesis de que el uso a largo plazo de inhibidores de la bomba de protones esté asociado con un mayor riesgo de adenocarcinoma gástrico», concluyen.«Este trabajo representa una aportación relevante al debate sobre la seguridad a largo plazo de los IBP, al demostrar que, cuando se controlan adecuadamente los sesgos y otros factores distorsionantes, la asociación previamente descrita con el cáncer gástrico parece no sostenerse. Además, su rigor metodológico lo convierte en una referencia importante para reinterpretar críticamente la literatura previa y para guiar la práctica clínica basada en evidencias más sólidas», señala Francisco López-Muñoz, catedrático de Farmacología y vicerrector de Investigación y Ciencia de la universidad Camilo José Cela, en declaraciones al SMC España.
El experto destaca también que los autores, no obstante, «recuerdan, acertadamente, que el uso prolongado de IBP sigue requiriendo reevaluación periódica por otros posibles efectos adversos conocidos, aunque no relacionados con las neoplasias gástricas».
Por otra parte, Luis Bujanda, especialista en Aparato Digestivo del Hospital Universitario Donostia, coordinador del Área de Enfermedades Hepáticas y Gastrointestinales del Instituto Biogipuzkoa y catedrático de Medicina de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) apunta a que en este estudio solo analizan un tipo de cáncer gástrico, el adenocarcinoma. «¿Y los tumores neuroendocrinos gástricos? Son muy infrecuentes, pero podría haber una relación con la utilización de los IBP. Se trata de un estudio de cohortes, se desconoce la dieta y si hay antecedentes familiares de cáncer gástrico, como dice el artículo», manifiesta en declaraciones al SMC.
Fuente
https://lectura.kioskoymas.com/abc/20260122