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Es un espectáculo casi tragicómico pero impagable ver casi a diario los debates absurdos con desinformación sistemática en la cadena Sexta (“La Secta”) acerca de la guerra en Oriente Medio. Hay otros participantes lunáticos filocomunistas pero particularmente disfruto con los caretos lloricas de dos tertulianos habituales: el careto llorica-sabiondo del periodista hirsuto jesuítico Pedro Rodríguez, y el careto llorica-triste depresivo del democristiano Javier Rupérez. … Son ambos dos casos incurables de radicales cantamañanas anti-Trump, seriamente afectados por el conocido TDS (“Trump Derangement Syndrome”), e incapaces de comprender que el Presidente estadounidense es un efectivo disruptor, históricamente necesario, de la partitocracia y el “establishment” corruptos (en EEUU y Europa), o como me gusta calificarlo (positivamente), un genial Presidente “gamberro”. Sé que me van a llover infinidad de críticas, pero tengo que admitir que soy un admirador de Trump, que evidentemente es, aparte de divertido, mucho más inteligente que el pesado Pedro y el fino Javier, y también mucho más que el conjunto de los lunáticos analistas políticos –con alguna excepción– de “La Secta”. Ambos pensadores estratégicos ibéricos, Rodríguez y Rupérez, han llegado a la conclusión de que Trump es un criminal de guerra y un quebrantador del derecho internacional, según el criterio onunista (y onanista), porque no goza del beneplácito de los dictadores de Rusia y China (los otros miembros antiamericanos en el sanedrín globalista del Consejo de Seguridad –Francia y Gran Bretaña– son un cero a la izquierda). En fin, no quiero detenerme más en nuestros “sesudos” pensadores estratégicos ibéricos, solo exigirles antes de pontificar que lean el informe del prestigioso Atlantic Council sobre Rusia y China apoyando decisivamente al terrorismo iraní en la presente guerra, aunque soy consciente de que no se puede pedir peras al olmo (ni al alcornoque). Desde hace ya muchos años, en un ensayo mío sobre las Dictaduras con la importante distinción entre Autoritarismo (v.g. el Franquismo español y el Fascismo italiano) y Totalitarismo (v.g. el Comunismo ruso, chino, etc., y el Nazismo alemán), planteé el problema del Totalitarismo pensando incluir –lo que he hecho en varios escritos posteriores– a la Teocracia iraní (régimen de los ayatolás) como un nuevo tipo o sistema totalitario con una ideología política islamista radical (M. Pastor y C. Ninou, “Las Dictaduras”, en M. Pastor, coordinador, Fundamentos de Ciencia Política, McGraw-Hill, Aravaca-Madrid, 1994). La hipocresía de los “progres” con su palabrería acerca de los crímenes de guerra es un insulto a la inteligencia y a la moral humanista y judeo-cristiana mientras no reclamen un Nuremberg para los crímenes del Comunismo con una cifra probablemente cercana a los 150 millones de víctimas mortales en todo el planeta (véase M. Pastor, “Desmemoria antihistórica: los crímenes del Comunismo”, La Crítica, 23 de diciembre de 2020). A las quejas por los crímenes de guerra se ha sumado, por supuesto, el patético e insignificante Secretario General de las Naciones Unidas, el socialista Antonio Guterres, que nunca ha denunciado los propios crímenes de guerra de su organización por los vínculos terroristas de la agencia UNWRA, o los crímenes de Hamás, de Hisbolá, de los Huties, o de diversos grupos jihadistas, y del gran patrón de todos, Irán. Tampoco nunca ha condenado los crímenes de guerra biológica de otra agencia onunista, la OMS, durante la pandemia china del Covid-19, o asimismo los olvidados genocidios de la comunista China contra las comunidades islámica y cristiana. Lo que se ha comprobado en el presente conflicto de Oriente Medio es un resurgimiento descarado de dos obsesiones o enfermedades históricas de Europa: el antisemitismo/antisionismo y el antiamericanismo, incubados durante la Guerra Fría, respectivamente en la ONU y en la OTAN. Como está perfectamente estudiado e historiado el final del Totalitarismo solo es posible mediante la derrota militar desde el exterior (caso del Nazismo), o del colapso económico desde el interior (caso de la URSS). El Autoritarismo, al contrario, es susceptible de una transición o reforma más menos difícil hacia un sistema de mayor libertad (casos del Fascismo y del Franquismo). El Totalitarismo teocrático de Irán presenta una dificultad adicional por la existencia del “factor martirio” en la ideología religioso-política chiita, similar a la exaltación del suicidio que existió en la hora final de la ideología nazi. Trump, vuelvo a decirlo, es un presidente divertido y “gamberro”. En una de sus últimas ruedas de prensa comentaba que tras acabar con la guerra en Oriente Medio iba a aprender el español, para postularse como presidente de Venezuela. Siguiendo con la broma, yo le animaría a intentarlo también en España, anegada por la corrupción partitocrática y el autoritarismo sanchista. Manuel Pastor Martínez
Posdata de referencias mínimas esenciales: Kershaw: The End. The Defiance and Destruction of Hitler’s Germany, 1944-1945 (Penguin, New York, 2011).
Fuente:
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