Felipe VI ha pasado de invocar la «extraordinaria complejidad» de la crisis migratoria a proclamar que la soberanía española es «indiscutible»

Agosto: prudencia desde Marivent
La crisis sorprendió a Felipe VI en el Palacio de Marivent. La entrada masiva de unas 80.000 personas en Ceuta —la mayoría jóvenes entre 15 y 35 años— obligó a las instituciones a reaccionar ante una situación de enorme gravedad, con el desafío añadido de evitar que la tensión fronteriza comprometiera las relaciones con Marruecos.
El primer mensaje del Rey combinó «gran preocupación e indignación» con una llamada a impedir que los hechos volvieran a repetirse. También reclamó «firmeza y unidad» a los poderes públicos, en respaldo a las instituciones y a los ciudadanos afectados.
El tono era firme, pero contenido. Expectante. Sin una llamada pública a Mohamed VI ni un desplazamiento inmediato a las ciudades autónomas, la Corona optó por transmitir apoyo institucional sin añadir tensión a una relación bilateral especialmente sensible. Esa postura se reforzó con un encuentro con Juan Jesús Vivas, presidente ceutí, en el Palacio de Marivent el 6 de agosto.

Septiembre: Ceuta, una frontera europea
Quizá el acto donde el Rey se mostró menos contundente en todo este tiempo fue el 15 de septiembre en la apertura del curso 2026/2027 de la Escuela Nacional de Protección Civil, en el que calificó los hechos de Ceuta de mera «situación de extraordinaria complejidad». Eran sus primeras palabras públicas más allá de comunicados, gestos o mensajes en redes sociales por el día de Ceuta.
Sin embargo, el 29 de septiembre frente al presidente francés, Emmanuel Macron, en el Palacio Real de Madrid, llegó el gran punto de inflexión. En la cena de gala celebrada en el Palacio Real, Felipe VI trasladó la crisis al ámbito de la seguridad europea: «Debemos ser más eficaces y solidarios en la protección de la frontera exterior de la Unión», afirmó. El Rey calificó lo sucedido en Ceuta como «la intrusión masiva de decenas de miles de personas violando una frontera española que es, también, una frontera europea», antes de concluir: «Es inaceptable». El tono seguía ‘in crescendo’.

La elección de los términos marcó un cambio de énfasis. La crisis dejaba de presentarse únicamente como una emergencia migratoria que debía gestionar España para convertirse en una cuestión de responsabilidad comunitaria. De cuestión de fronteras, de seguridad nacional y defensa. Si Ceuta es también frontera exterior de la Unión Europea, su protección no puede recaer exclusivamente sobre las autoridades españolas.
Octubre: una defensa de 360 grados
El 7 de octubre, en la Universidad de Laponia, en Finlandia, Felipe VI amplió ese planteamiento al terreno de la seguridad y la defensa. En un escenario marcado por las preocupaciones sobre el Ártico y el flanco oriental de la OTAN, el Rey defendió una concepción integral de la seguridad europea. Hay que mirar al sur también. «Cualquier amenaza al flanco sur es también una amenaza al flanco norte», sostuvo. Europa, añadió, constituye «una sola frontera», de modo que, cuando un Estado miembro es atacado o amenazado, «lo está la Unión en su conjunto».
La idea era clara: la seguridad europea no puede entenderse como una suma de escenarios aislados. España contribuye a la defensa colectiva en el este del continente; la presión sobre su frontera meridional exige, por reciprocidad, una atención equivalente. La solidaridad europea, venía a señalar el Rey, no puede tener fronteras geográficas.
Ceuta: la soberanía no se negocia
El 13 de octubre llegó el momento de mayor contundencia. Doce años después de su proclamación y en su primera visita como Rey a Ceuta, Felipe VI pronunció en la ciudad autónoma una afirmación inequívoca sobre la soberanía nacional. Un discurso de profuso calado sobre asuntos de soberanía, españolidad y gestión de las devoluciones de inmigrantes irregulares.

«Ceuta y Melilla son una parte irrenunciable de la realidad política y nacional que es España», declaró. Y despejó cualquier posible ambigüedad: «La soberanía y la integridad territorial de nuestro país no son negociables: son indiscutibles». El lugar importaba tanto como las palabras. En Ceuta, ante sus ciudadanos y después de una crisis que había puesto a prueba la frontera, el Rey reafirmó la pertenencia de la ciudad a España y descartó que su soberanía pudiera convertirse en objeto de negociación.
El mensaje incluyó también una referencia a Marruecos, al vincular la buena vecindad a la «buena fe por ambas partes». Una fórmula que combina la voluntad de mantener una relación constructiva con la exigencia de reciprocidad. La cooperación bilateral, en definitiva, no puede confundirse con la renuncia a los principios fundamentales del Estado.
Además hizo una reclamación: «Quienes entraron irregularmente en nuestro país deben —como regla de principio— regresar a su lugar de origen, lo antes posible y por los cauces legalmente establecidos. Mientras estén entre nosotros deberán ser tratados siempre con dignidad y humanidad, y con todas las garantías previstas por nuestras leyes». El Rey entraba en una nueva dimensión discursiva. Quizá su discurso más potente desde el 3 de octubre de 2017, tras el referéndum ilegal en Cataluña. Esa misma línea, haciendo énfasis en la voluntad de defensa de nuestros valores se repitió al día siguiente en Melilla.
Los discursos son la prueba de que la defensa de la integridad territorial es innegociable. Esta idea gana protagonismo y contundencia a medida que se amplía el escenario: primero, la emergencia fronteriza; después, la responsabilidad europea; finalmente, la afirmación de soberanía sobre el terreno. Todo ello, en un periodo preelectoral, donde ahora sí, la llamada a la prudencia en la agenda de la Casa del Rey será la norma. Solo habrá antes una gran cita: la XXX Cumbre Iberoamericana (4-5 de noviembre).
La conclusión es inequívoca: España necesita cooperación con Marruecos y solidaridad de sus socios europeos, pero ninguna de las dos puede poner en cuestión la integridad territorial del Estado. En Ceuta, Felipe VI lo expresó sin eufemismos.
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