Ceuta y la diplomacia regia, Angel M. Ballesteross

 

 

 

 

Angel  Manuel Ballesteros

Escritor y Diplomatico

 

Hasta que España no desbloquee o encauce su en verdad complicado expediente de controversias territoriales no habrá normalizado de manera satisfactoria su situación internacional

Es perfectamente inteligible que un país como el nuestro, hipotecado por una crisis de valores profunda y creciente, y asimismo de autoridad, con acentuadas tendencias centrífugas en su complicada construcción nacional en una visible escala teórica reduccionista del mapa español, no preste la debida atención a la política exterior, donde existe una tendencia persistente, tradicional, a dejar deteriorarse algunas situaciones hasta extremos de problemática reconducción, y cuyo déficit y responsabilidad son imputable a los sucesivos gobiernos, naturalmente a unos más y a otros menos, pero que resulta predicable de todos.

Cuarta potencia en la UE pero ya crónica perceptora de fondos, con persistentes llamadas al orden a causa de unos déficits incorregibles causados también por unas comunidades desbocadas, más una tasa inaceptable de empleo público y volcada hacia el turismo y la burbujeada construcción antes que en actividades con mayor atingencia al ser histórico de la que fue primera potencia a escala planetaria, y maniatado por una mentalidad casi conformista, el valor de España a nivel internacional cotiza en la línea de países intermedios.

Hace poco, en un artículo sobre la diplomacia regia, concluíamos que en las controversias territoriales hispánicas, en la actualidad, quizá ese formidable y semi clave instrumento encontrara su mayor aplicabilidad en la siempre delicada cuestión de Ceuta y Melilla. Por supuesto que la Corona ha intervenido en más de un contencioso y en distintas ocasiones, pero en aras de aquilatar las evidentes bondades de su intervención y en especial, el momento, la tesitura, la técnica de la coyuntura, sería ahora, cuando las preocupantes circunstancias que señalábamos en el citado artículo siguen acentuándose, el momento que avalara la oportunidad de su presencia en el contencioso de Ceuta y Melilla, ciudades españolas reivindicadas sin fallar Fiesta del Trono, por Hassan II, el gran dosificador de los tiempos con España, a quien nunca olvidaré, sus palabras y lecturas, en aquellos crepúsculos calmos y azules en Rabat

Su hijo y sucesor, Mohamed VI, que fue uno de los pocos dignatarios que asistieron a los funerales de Franco y a la coronación de Juan Carlos I, en representación de su padre, en plena crisis del Sáhara, y a sus doce años ya nos dio la impresión de un carácter firme, resuelto, ha cambiado en los dos últimos años la reclamación, que hace tiempo que no ejerce, por la persistente acción, en el sentido de asfixiarlas gradual y visiblemente. Eficazmente. En efecto,”tras13 años sin citarlas se está dedicando, discretamente, a asfixiarlas económicamente. Ya están en coma vegetativo”, aseveraba Ignacio Cembrero, ya antes de la crisis actual provocada por la invasión de incontables emigrantes este verano.

Acostumbro a señalar que hasta que España no desbloquee o encauce en grado suficiente, su en verdad complicado expediente de controversias territoriales (los tres grandes contenciosos, Gibraltar, el Sahara, y Ceuta y Melilla, y los tres diferendos, una especie de contenciosos menores, Perejil, las Salvajes, y con ellas la delimitación de aguas jurisdiccionales, medi terráneas y atlánticas, y Olivenza) no habrá normalizado de manera satisfactoria su situación internacional. Y por ello vengo elaborando balances, quién sabe si bastante en solitario, sistemática, casi religiosamente, constatando con el debido pesar sus resultados negativos en la globalidad, no sólo por una manifiesta pasividad en algún caso tan señalado que no habrá necesidad de mencionar, sino también porque las acciones, aprovechando en buena técnica diplomática las coyunturas favorables, cierto que escasas, no todas parecen, quizá, estar regidas por el mayor acierto.

Se apunta antes la posibilidad de la diplomacia regia, instrumento excepcional y subsidiario antes que complementario, de la acción del gobierno, con el que a título casi singular cuenta y ha ejercido España, y si se la califica, para calibrar su incuestionable importancia, de factor semi clave, y no de clave, es sencillamente porque en política exterior la resolución no es propia, sino que radica por definición en el plano bilateral o plurilateral. Depende de otros. Semi clave asimismo ya que sólo procedería su aplicación a determinadas controversias.

Cuando la crisis Perejil, en julio del 2002, yo sostuve, amén del mejor, no el único pero sí el mejor derecho de España y de ahí que no resultara acertada la vuelta al statu quo ante -dato que se reitera a efectos de cualquier eventual, aunque asaz improbable según va la dinámica de nuestros contenciosos, disputa jurisdiccional sobre soberanía- que en lugar de acudir a mediaciones ajenas por efectivas que fueran como resultó la norteamericana, y a pesar de la crisis –circunstancial y por ende superable- en las relaciones oficiales, se debería de haber acudido resueltamente a la instancia regia, a la diplomacia de los tronos, ya consagrada por una tradición de décadas, en la que antes participó Don Juan con Hassan II, en unas reuniones cuyo entendimiento se acentuaba por el humo cómplice de dos empedernidos fumadores.

Por su parte, Felipe VI, de quien no habrá necesidad de puntualizar que personaliza la proyección sobresaliente, atingente, de la corona en Iberoamérica, está, en el ámbito al que aquí nos limitamos de los contenciosos, en condiciones de mantener la relación entre las monarquías en términos no tan cercanos, desde luego, como Juan Carlos I con Hassan II y después con Mohamed VI, pero en este caso menos espontáneas por la diferencia de edad, sí desde luego suficientes para ejercer la diplomacia de las coronas. Aunque por alguna que otra razón, incluidas la personalidad y el carácter diferente de ambos, así como costumbres del soberano alauita, y la no frecuencia en los contactos, la nota “fraternal” que se predicaba en los tiempos del hoy emérito, no parece jugar ciertamente demasiado, el nivel resulta operativo con una interlocución más que cómoda, “pragmática”, como se la ha denominado en alguna ocasión en Marruecos.

Ya en el plano técnico, se insiste, a efectos de la asepsia del análisis, que el ámbito en los contenciosos de la diplomacia regia se circunscribe prima facie al vecino del sur. En efecto, las dos controversias con Portugal, con quien las relaciones tienen que ser, como con Iberoamérica, las mejores, deben solventarse a nivel de gobiernos, como corresponde. Incluso Olivenza, donde el título legal pertenece a España, si se quiere, podría abordarse desde el plano directo, subsumible en las relaciones de buena vecindad, mediante un referéndum que según están las cosas parece que arrojaría color español. Tampoco se nos antoja factible la aplicabilidad de la diplomacia de los reyes en nuestro contencioso más histórico. Es cierto que Alfonso XIII y Eduardo VII hablaron de Gibraltar cuando el monarca español fue a buscar esposa a Inglaterra. Pero eso fue en 1905. Y ochenta años después, Juan Carlos I, con su expresividad típica, enfatizaría un flanco estratégico:“No está en el interés de España recuperar pronto Gibraltar, porque inmediatamente Marruecos reivindicaría Ceuta y Melilla”.

Son precisamente las ciudades, las que focalizarían la posibilidad de la diplomacia de los tronos. La hipostenia de la posición y el animus españoles en Ceuta y Melilla prosigue agravándose ante las medidas “para asfixiarlas”, tema recurrente, aunque nunca llevado al extremo actual, acentuando su manifiesta fragilidad. No parece haber necesidad de explicitar más tan delicado y erosionante asunto que queda ahí y donde la invasión de hace semanas ha provocado una catarata de opiniones, entre las que diríase citable la de mi amigo y compañero Servando fe la Torre, una de las mentes más lúcidas de la Carrera: “…lo de Ceuta yo creo que es ya causa perdida”.

Hoy, ahora, el nivel de degradación está alcanzando cotas inconcebibles por la inacción operativa de cantidad de intervinientes, más de uno y de dos, incluibles en la categoría de “vagos y maleantes” (terminología elocuente no atribuible como se pudiera pensar por su rotundidad al franquismo sino a la 2ª República). Y al rebuscar en el arsenal diplomático del Estado, más sólido tras la resolución parlamentaria de la UE: “se trata de una invasión” y “la frontera de Ceuta es la europea”, se invoca la intervención de SMER. Pero no del viaje como se viene oyendo, que nos parece bien, pero con la matización de que no conduciría demasiado lejos, de manera similar al de otros predecesores, como el de hace días Aznar, éste el que menos ya que fue calificado en su día de “enemigo” por la prensa alauita, y otros esforzados valedores.

Contacto directo. En el verano del 2014, cuando la seguridad española sobrevoló el yate de Mohamed VI, y para culminar el desaguisado un general español pretendió pedir disculpas a la monarquía alauita, el soberano marroquí llamó al rey de España en los términos previsibles. Diplomacia regia. Y directa, entre los interlocutores, no indirecta como cuando en enero del 22 el soberano marroquí propuso en un discurso “inauguremos una etapa de cordialidad y transparencia”, respondido por el monarca español en idénticos términos en su alocución al cuerpo diplomático, lo que yo denominé “la fase pública de la diplomacia regia”. Un tête à tête. Y si fuera posible, de ser posible, no hiperbolicemos, sin intérpretes por innecesarios ni asesores por lo mismo.

Es cierto que rápidamente puristas y aficionados, mientras deliberan a quien siguen votando con el país (casi) bajo mínimos, lo tildarán de diplomacia secreta. Y no deja de ser exacto pero para eso está el control parlamentario, la comisión de secretos oficiales, sin cuyo trámite no procedería ninguna ratificación. Cuenta Cambó, representante de lo que fue la zona más culta de España (al tiempo de recodar que “a veces sólo nos encontrábamos en el museo del Prado, el marqués de Comillas y yo”, que siempre le maravilló el secreto de la diplomacia veneciana, capaz de mantener el secreto tras ser leído el informe del embajador ante una asamblea de trescientos miembros. Ejemplar ciertamente.

Sólo quedaría el sitio, el lugar del encuentro, el terreno neutral, y aunque ni Moncloa ni Santa Cruz sigan sin recibir la visita de los Metterrnich, ni Talleyrand ni Castlereagh, ninguno de la triada clásica de los maestros de la diplomacia del Convenio de Viena, quizá y quién sabe que sin quizá, el islote Perejil, también por su simbolismo, podría contar con el blessing.