Al atacar objetivos civiles y petroleros, el régimen busca que el coste financiero obligue a Washington a detener su avance militar, asegurando así la supervivencia de su cúpula
La decapitación del pulpo yihadista iraní no ha anulado la peligrosidad de sus tentáculos. La «operación Furia Épica» ha sido, antes que nada, un golpe maestro de inteligencia y ejecución militar. No se trataba únicamente de destruir infraestructura nuclear o instalaciones de misiles balísticos: se trataba de descabezar un régimen que lleva 47 años exportando terrorismo, desestabilización y muerte. Y en eso, los resultados han sido demoledores. El líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, ha muerto en su complejo oficial, junto a él, aproximadamente cuarenta altos dirigentes del aparato revolucionario han sido eliminados, incluidos el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohammed Pakpour, y el ministro de Defensa, Amir Nasirzadeh.
El mensaje que esta acción envía a los sucesores es de una claridad brutal: «Podemos eliminaros donde y cuando queramos». Los servicios de inteligencia israelíes y estadounidenses han demostrado que saben dónde se reúnen los dirigentes iraníes, cuándo lo hacen y quién está en la sala. Este es el resultado de años de trabajo paciente, de una red de activos humanos y tecnológicos que el régimen no ha sido capaz de neutralizar.
La «respuesta» es una represalia militar convencional; es un acto deliberado de terror regional, una estrategia calculada atacando objetivos civiles y barrios residenciales.
La Guardia Revolucionaria Islámica –el CGRI, verdadero Estado dentro del Estado– ha lanzado hasta el momento no menos de ocho oleadas sucesivas de misiles balísticos, misiles de crucero y drones contra una constelación de objetivos que abarca desde Israel, Arabia Saudí, Qatar, EAU, Bahréin, Kuwait, Jordania e incluso Omán. Incluso una base británica en Chipre. Sin embargo, la intensidad de los ataques iraníes con misiles balísticos ha descendido a la hora de escribir estas líneas en casi un 60% por dos razones: destrucción de lanzaderas y fábricas de misiles y que las reservas de misiles en los arsenales del régimen se están consumiendo muy rápidamente al haber atacado a toda la región.
Los saudíes presentaron a Washington pruebas fehacientes de que el régimen iraní estaba ganando tiempo en las negociaciones, arrastrando los pies como ha hecho siempre, y les dijeron con meridiana claridad: este es el único momento, la única ventana de oportunidad que se va a abrir para derrotar a este régimen. Irán es el enemigo natural de los países del Golfo, aunque los niveles de intercambio comercial puedan sugerir algo distinto. Con los ataques a todos los países del Golfo, Irán ha querido enviar un recado a quienes hayan podido bendecir, facilitar o condonar la operación y con ello ha coronado una estupidez estratégica mayúscula. Se puede intentar luchar contra uno o algunos vecinos. Es un suicidio enfrentarse a todos, que además son aliados de Estados Unidos, tienen fuerzas armadas ultramodernas y están armados hasta los dientes.
La estrategia iraní busca crear un escenario de caos regional que haga insostenible la continuación de la ofensiva. Al atacar aeropuertos civiles, puertos comerciales, hoteles e infraestructura turística, el régimen pretende que el coste económico y reputacional para los países del Golfo sea tan elevado que estos presionen a Washington para detener las operaciones.
Los dirigentes del CGRI que han sobrevivido a la decapitación actúan con la furia de la bestia acorralada. Saben que pueden ser los próximos. Ser miembro de la cúpula dirigente iraní se ha convertido en la profesión de más alto riesgo del mundo.
Irán es una oligarquía terrorista yihadista sofisticada, un régimen mafioso que ha construido durante más de cuatro décadas una arquitectura institucional duplicada, con estructuras revolucionarias que replican y parasitan las estructuras del Estado.
El ritmo de los ataques iraníes con misiles balísticos ha caído un 60% en horas
La caída de un tirano no garantiza el advenimiento de la libertad
La parte fanática del régimen –la que no va a rendirse fácilmente– está articulada en torno a un entramado fanatizado: el entorno del líder de la Revolución, la Asamblea de Expertos, el Consejo de Guardianes, la Guardia Revolucionaria (IRGC), las milicias Basij –450.000 fijos fanáticos enfervorecidos y varios millones de voluntarios que constituyen la infantería ideológica del régimen– , el Poder Judicial, la Fiscalía, los ministerios de Inteligencia, Defensa e Interior, y las poderosísimas Fundaciones Religiosas que dependen del IRGC y controlan un porcen
taje enorme de la economía nacional.
El presidente Pezeshkian ha anunciado que, conforme al artículo 111 de la Constitución iraní, se ha constituido un Consejo de Liderazgo integrado por él mismo, el jefe del Poder Judicial, Golam Hosein Mohseni Eye´í, y Alireza Arafi, miembro del Consejo de Guardianes de la Revolución, los Robespierre del régimen. Teherán, como han señalado diversas fuentes, aprendió las lecciones de la guerra de doce días de junio de 2025 y esta vez tenía nombrados sustitutos incluso antes de que se produjeran los ataques.
Hay una decapitación del liderazgo supremo, sí, pero la maquinaria del régimen sigue funcionando, eso sí de manera caótica, por el momento. Los más duros no van a rendirse y solo podemos esperar que se produzca un golpe de palacio, una fractura interna entre quienes ven la oportunidad de negociar una transición y quienes prefieren inmolarse llevándose consigo cuanto puedan.
La gran pregunta, naturalmente, es quién será el próximo líder supremo –si es que llega a haberlo– y qué orientación adoptará. Los principales candidatos son reveladores de las tensiones internas del sistema:
Han nombrado a Alireza Arafi, Líder de la Revolución provisional a la espera de que la elección definitiva se lleve a cabo. Arafi es el director de los Seminarios Religiosos de Irán e imán de la oración del viernes en la ciudad santa de Qom. No es sayyid, lo cual supone un obstáculo para los sectores más doctrinarios, pero su presencia ya en el Consejo de Liderazgo interino le otorga una posición privilegiada.
Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá difunto. Es un sayyid –descendiente del Profeta, condición que los sectores más tradicionalistas consideran necesaria para el cargo– y mantiene fuertes lazos con la Guardia Revolucionaria, pero carece de posición formal en la estructura de poder.
Mohamed Mahdi Mirbagheri, clérigo ultra-ultraconservador, sayyid, y figura prominente del llamado «Frente de Estabilidad de la Revolución Islámica». Representa la opción más radical, la continuidad sin matices de la línea dura, y cuenta con apoyos significativos en las estructuras más ideologizadas del régimen.
Golam Hosein Mohseni Eyeí, presidente del Poder Judicial desde 2021, lo que yo he llamado la «Corte Suprema de Injusticia». No es sayyid. Su posición en el Consejo de Liderazgo interino le confiere visibilidad, pero su trayectoria está más vinculada al aparato represivo que al liderazgo espiritual.
Y finalmente, una opción que merece mención separada: Hasan Jomeini, nieto del fundador de la República Islámica, el imam Jomeini. Es una figura considerada «reformista» dentro de los estrechos márgenes que ese término permite en el contexto iraní y es visto con desconfianza por los sectores más duros.
La inmensa impopularidad del régimen –demostrada por las protestas masivas que desde diciembre recorren las treinta y una provincias del país, las más importantes desde la revolución de 1979– juega en contra de cualquier solución de continuidad. Las calles iraníes celebraban anoche la muerte de Jamenei con gritos y festejos. El pueblo iraní, una sociedad joven, educada y hastiada de décadas de opresión teocrática y ruina económica, no va a aceptar fácilmente un nuevo líder supremo cortado por el mismo patrón.
La sucesión será un proceso opaco en el que las luchas por el poder pueden ser a cara de perro. Occidente debe resistir la tentación del exceso de optimismo. Porque, como bien sabemos quiénes llevamos décadas estudiando esta región, la caída de un tirano no garantiza el advenimiento de la libertad. A veces, lo que sigue es peor. Pero también es cierto que, por primera vez en cuarenta y siete años, el pueblo iraní tiene ante sí una ventana –estrecha, peligrosa e incierta– hacia la libertad.
Gustavo de Arístegui es diplomático y fue embajador en India, Bután, Maldivas, Nepal y SriLanka (2012-2016)
Fuente:
https://lectura.kioskoymas.com/la-razon/20260303
