Terrorismo global: la hidra yihadista que seguimos sin vencer. Gustavo de Aristegui

 

 

Occidente ha conseguido asimilar, no sin dolor, que el enemigo habita cada vez con más frecuencia entre nosotros

 

Gustavo de Arístegui Gustavo de Arístegui

Diplomático

Fue embajador en India, Bután, Maldivas, Nepal y SriLanka (2012-2016)

 

AP

Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, conviene volver sobre una idea que entonces resultaba casi herética: el terrorismo no es un fenómeno moderno. Es una crisis geopolítica recurrente, consustancial a la historia humana, que ha adoptado formas distintas en cada época hasta convertirse en la hidra de muchas cabezas que hoy conocemos: una amenaza capaz de infligir destrucción, muerte y desestabilización que en ocasiones roza lo absoluto. El terrorismo, en efecto, no es un invento del siglo XX. Los hashashin o asesinos nizaríes que sembraron el terror entre gobernantes suníes y cruzados desde sus fortalezas de Alamut entre los siglos XI y XIII, el revolucionario ruso Serguei Nechayev, que en su «Catecismo del revolucionario» de 1869 codificó por primera vez una doctrina sistemática de la violencia política, o los anarquistas de la «propaganda por el hecho» que, entre finales del XIX y principios del XX, asesinaron a un zar ruso, a una emperatriz austriaca, a un rey italiano y a un presidente estadounidense (McKinley en 1901) o al presidente del Gobierno de España Antonio Cánovas del Castillo asesinado en 1897. Son solo algunos ejemplos de un fenómeno que acompaña a la humanidad casi desde sus orígenes. Lo que cambia de una época a otra no es la voluntad de aterrorizar para imponer una causa, sino la escala de destrucción disponible y la velocidad con que ese terror puede propagarse, así como su inmensa capacidad de desestabilización. Ahí radica la verdadera novedad del terrorismo yihadista contemporáneo: no en su naturaleza, sino en su capacidad.

En 1995 escribí un artículo en la revista «Política Exterior» –publicado en enero de 1996– en el que advertía de que Al Qaeda y su cabecilla, Osama Bin Laden, se convertirían en una de las amenazas más graves para EE UU y Occidente en los 20 años siguientes. Entonces la advertencia pareció casi extravagante. Entre esa advertencia y los atentados de 2001 mediaron señales inequívocas que Occidente no supo, o no quiso, leer: el primer atentado contra las Torres Gemelas en 1993, la declaración de yihad contra los americanos que el propio Bin Laden proclamó en 1996 desde Afganistán, la fatua del Frente Islámico Mundial de 1998 y los atentados casi simultáneos contra las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar es Salam en agosto de ese mismo año, o el ataque contra el «USS Cole» en el puerto yemení de Adén en el año 2000. Cada uno de esos episodios fue tratado, en su momento, como un incidente aislado; vistos en conjunto, dibujaban con nitidez la letal y bestial trayectoria hacia el 11 de septiembre.

Ese patrón –la manipulación de una causa inventada para justificar el horror– es especialmente visible en el terrorismo yihadista, que constituye el objeto de este artículo con motivo del vigésimo quinto aniversario del 11S. Conviene subrayarlo sin ambages, no hablamos de una guerra contra el islam, sino de la manipulación de una religión legítima y respetable –una gran civilización– convertida en una ideología brutal e implacable, cuyo único objetivo es imponerse primero al mundo islámico y, desde ahí, al resto del planeta. La ideología yihadista hunde sus raíces en corrientes medievales, pero su armazón intelectual moderno se construyó en el siglo XX. Hassan al Banna fundó en 1928 la Hermandad Musulmana, de cuya deriva ideológica me he ocupado extensamente en mi libro «El islamismo contra el islam». Fue, sin embargo, otro egipcio, Sayyid Qutb, quien se convirtió en el verdadero padre del yihadismo contemporáneo. En «Hitos en el camino», escrito en buena parte desde la cárcel del régimen de Gamal Abdel Nasser y culminado con su ejecución en 1966, Qutb desarrolló el concepto de la yahiliyya moderna: la idea de que las propias sociedades musulmanas, incluidos sus gobiernos, habían recaído en la ignorancia preislámica y debían ser combatidas como tales. De ahí deriva el takfir, la declaración de apostasía contra otros musulmanes, que sería la piedra angular doctrinal tanto de Al Qaeda como, sobre todo, del Estado Islámico.

Los escritos de Qutb contaminaron a toda una generación de intelectuales islamistas radicales egipcios. Muchos de ellos –y también el propio hermano de Qutb, Muhammad, que difundió sus ideas desde Arabia Saudí– se trasladaron a la Universidad Rey Abdulaziz de Yeda, donde un joven Osama Bin Laden asistía religiosamente a sus clases. Allí, el qutbismo entró en contacto con el wahabismo saudí; de esa fusión nació el salafismo, y del salafismo al yihadismo solo había un paso, que no tardó en darse.

Conviene no olvidar que el yihadismo no es solo suní: también existe una versión chií, con una diferencia sustancial. El yihadismo chií cuenta con el respaldo de un Estado poderoso, con renta petrolera, más de 90 millones de habitantes y más de dos millones de kilómetros cuadrados y unas fuerzas armadas ideológicamente fanatizadas (la Guardia Revolucionaria), todo ello al servicio de un régimen tan asesino como terrorista: la República Islámica de Irán. Ese chiísmo yihadista no se limita, además, al propio territorio iraní: su red de milicias aliadas –Hizbulá en Líbano, las milicias de la Movilización Popular en Irak, los hutíes en Yemen– conforma el llamado eje de la resistencia, un entramado transnacional financiado, adoctrinado y armado desde Teherán que multiplica su capacidad de proyección mucho más allá de sus fronteras. Frente a esa potencia estatal, el yihadismo suní solo cuenta con un Estado extraordinariamente débil y fracturado, Afganistán. A pesar de la barbarie infinita de las organizaciones terroristas yihadistas del campo suní, estas están muy lejos de ser mo

En 2021, los talibanes recuperaron Kabul 20 años después de su caída

Al Qaeda ha hallado en el Sahel su franquicia más pujante

nolíticas: la fractura no separa solo a Al Qaeda de Daesh, sino a muchas facciones dentro de cada una de esas marcas, que ya no son organizaciones jerárquicas, sino más bien master franquicias que emiten directrices generales. Al Qaeda fue, y sigue siendo, la organización obsesionada con el enemigo lejano: la influencia de Occidente, el liderazgo de EE UU. Su estrategia se concentró en atacar a las potencias occidentales, a quienes consideraba responsables últimos de la supervivencia de los regímenes árabes que combatía. El Estado Islámico invirtió esa prioridad: centró su ofensiva en el enemigo cercano, los gobiernos islámicos –árabes y no árabes– que no seguían su ortodoxia, a los que consideraba apóstatas. No hay, en la doctrina yihadista, pecado mayor que la apostasía: no se trata de ser un mal creyente, sino de haber traicionado la fe. Ahí radica la raíz de la confrontación, en buena medida irreconciliable, entre las dos grandes marcas del yihadismo suní.

Ese pulso estratégico se ha resuelto, un cuarto de siglo después, de una manera bastante distinta a como muchos analistas anticipaban. El Daesh fue derrotado militarmente en 2019, pero sus filiales regionales –la Provincia de Jorasán en Afganistán, la Provincia de África Occidental en torno al lago Chad, la Provincia del Sahel– mantienen una violencia intensa, aunque descentralizada. Al Qaeda, por su parte, ha encontrado en el Sahel su franquicia más pujante: Jamaat Nusrat al Islam wal Muslimin (JNIM) protagonizó en abril de 2026 ataques coordinados contra varias localidades malienses, incluida la propia capital, Bamako, y ha extendido su presión operativa hacia la periferia de Niamey, la capital nigerina.

El colapso de la autoridad estatal en el Sahel –agravado por los sucesivos golpes militares en Mali, Burkina Faso y Níger y por la retirada de las fuerzas occidentales– ha dado a estas franquicias yihadistas un terreno de expansión que ni el propio Bin Laden pudo imaginar en 2001.

Como bien recordó el propio presidente George W. Bush la noche del 11 de septiembre de 2001, EE UU había sido blanco del ataque precisamente por ser el mayor faro de libertad y oportunidad del mundo, y nada lograría apagar esa luz. Entre aquel septiembre y este, Occidente derrocó a los talibán que albergaban a Al Qaida, invadió Irak, eliminó a Bin Laden en 2011 y asistió, apenas tres años después, al nacimiento de un califato territorial que llegó a gobernar a millones de personas entre Siria e Irak. En 2021, además, los talibanes recuperaron Kabul, 20 años después de haber sido expulsados por la misma razón que hoy seguimos discutiendo: albergar a una organización terrorista y ser ellos mismo un Estado terrorista. El círculo, en cierto modo, se ha cerrado de la forma más desastrosa posible, los talibanes con 20 años de experiencia en guerra y terrorismo y decenas de miles de víctimas entre tropas occidentales, civiles y terroristas. Encima de todo, que el enemigo ya no sea exactamente el mismo es todavía más sanguinario y tiene mucha más experiencia y letal eficacia.

Un cuarto de siglo después, Occidente ha aprendido, no sin dolor, a leer las señales de peligro de otra manera. Hemos asimilado que el enemigo ya no busca necesariamente conquistar el poder en países islámicos lejanos, sino que habita, cada vez con más frecuencia, entre nosotros: segunda, tercera y hasta cuarta generación de familias llegadas hace décadas, radicalizadas en mezquitas clandestinas, en madrazas radicales o, cada vez más, a través de internet. Los hay que siguen perteneciendo a organizaciones estructuradas, los hay que se limitan a seguir sus consignas a distancia o son franquicias de marcas terroristas, y están, por último, los «lobos solitarios», que la propia Europol describe como actores aislados pero recorridos por un proceso de radicalización que sí está organizado, aunque carezca de jerarquía visible. Los últimos informes de la agencia sobre tendencias del terrorismo en la UE son concluyentes: los actores solitarios vinculados al extremismo yihadista siguen representando la principal amenaza de atentado en suelo europeo, por delante de cualquier otra organización estructurada. La aparente soledad del «lobo solitario» suele ser engañosa: detrás de la auto radicalización acostumbra a haber una comunidad virtual, un mentor a distancia, un relato compartido con miles de desconocidos que nunca llegará a conocer en persona. Esa es la evolución del terrorismo yihadista en el siglo XXI: ya no es una organización con jerarquía, estructura y consejos y comités claramente delimitados, sino un enemigo difuso, disperso y, por ello mismo, mucho más difícil de derrotar. Veinticinco años después de aquella mañana de septiembre, la hidra sigue viva, y le han crecido multitud de cabezas nuevas. Los Estados de derecho podemos contenerla, debilitarla, cercenarle alguna cabeza. Vencerla de manera absoluta y definitiva –me temo que también adelanté esto en 1996– no está a nuestro alcance, por ahora. Siempre habrá quien sepa transformar una tragedia, una humillación o una injusticia, real o imaginaria, en combustible ideológico, y siempre habrá desesperados dispuestos a prender la mecha. Lo único que está en nuestra mano es no bajar la guardia, entender la naturaleza recurrente de esta amenaza y no repetir, un cuarto de siglo después, los mismos gravísimos errores que cometimos entonces.

La hidra sigue viva y le han crecido multitud de cabezas nuevas

El armazón intelectual moderno del yihadismo nació en el siglo XX

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