España es hoy una reproducción en vivo del lienzo de Géricault, un país perdido en el océano de la nada, un barco a la deriva con un incompetente en el puente de mando

En el verano de 1816, recién restaurada la monarquía en la persona de Luis XVIII tras la derrota de Napoleón en Waterloo, la fragata francesa Méduse -47 metros de eslora y 400 personas a bordo, entre tripulación, soldados, personal administrativo y aventureros varios- partió de Rochefort con rumbo al puerto senegalés de Saint-Louis, con el objetivo de tomar posesión de los asentamientos comerciales galos ocupados por Inglaterra durante las guerras napoleónicas. Junto a la fragata navegaba el buque-bodega Loire, el bergantín Argus y la corbeta Écho. El mando de La Medusa había sido confiado, gracias a amigos influyentes, al vizconde Hugues Duroy de Chaumareys, un oficial naval que se había exiliado en Inglaterra durante la Revolución, como la mayoría de sus compañeros de armas, y que aprovechó la Restauración para recuperar su puesto en la Marina Real. Chaumareys presumía de una hoja de servicios intachable, aureolada con actos de heroísmo protagonizados durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, pero cuando se hizo cargo de La Medusa llevaba más de 20 años de apacible retiro sin haber vuelto a poner sus pies sobre la cubierta de un barco, una circunstancia cuyo riesgo acrecentaba su carácter orgulloso y obstinado. Ningún peligro rondaba a La Medusa salvo la incompetencia, entreverada de soberbia, de su capitán.
El 2 de julio de 1816, Chaumareys cometió su primer error. Frente a la costa de la actual Mauritania, la fragata se adelantó al resto del convoy hasta perderlo de vista y su capitán confundió dos puntos geográficos antes de encallar, a las tres de la tarde y a pleno sol, en un fondo arenoso mal cartografiado. La tripulación intentó por todos los medios reflotar la nave, sin éxito. Finalmente, La Medusa se partió en dos. Chaumareys, que además de necio resultó ser un cobarde, se subió al primer bote salvavidas y puso rumbo a Saint-Louis, distante apenas 30 millas náuticas. Los pasajeros que pudieron se apiñaron en los restantes botes, pero 150 personas, en su mayoría civiles, no tuvieron más remedio que lanzarse a una balsa improvisada, hecha con tablas y estachas, que se convertiría en su tumba. Los náufragos sufrirían un auténtico martirio consumidos por el hambre, atormentados por la sed, heridos por los tablones, con la piel desgarrada por el salitre y el cerebro asfixiado por el sol abrasador. Muchos se suicidaron y otros, sin fuerzas para luchar, se dejaron arrastrar por las olas. Cuando 13 días después apareció el Argus, a bordo solo quedaban diez hombres con vida, que se habían alimentado con los cadáveres de los muertos. La tragedia provocó una auténtica conmoción en Francia. Tres años después, un joven pintor, Théodore Géricault, plasmó el drama en un cuadro de grandes dimensiones que conmovió a los visitantes del Salón de París de 1819, donde fue expuesto, por su crudo realismo. «Pero La balsa de la Medusa, una joya que se exhibe en el Louvre, no solo narra la terrible experiencia de unas almas desesperadas, sino las consecuencias de un monumental error de gestión producto de la obstinación de un capitán incompetente y arrogante», escribía Maïté Sélignan este 30 de julio en Le Figaro.
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