Tras forjar la pieza de 35 kilos en madera noble, el joven de 18 años ascendió el pico más alto de los Pirineos en mitad de la noche el pasado 9 de mayo. Aunque la volvieron a tirar días después, la solidaridad en la cumbre cambió el destino de su obra. «Me impresionó ver a personas esforzándose tanto para apoyar algo que significaba mucho para mí»
Se llama Maël Le Lagadec, tiene 18 años y es aprendiz de paisajismo francés. Puede que su nombre no les diga nada pero sí su gesta: fue quien diseñó, fabricó y transportó una cruz de 35 kilos al pico del Aneto después de que este símbolo fuera seccionado intencionadamente con una radial. Hoy, un mes más tarde de aquella ascensión al pico más alto de los Pirineos, recuerda cómo vivió aquellos días. «Cuando me enteré que había desaparecido la cruz, sentí que tenía que devolver a la montaña algo que le pertenecía», explica al otro lado del teléfono.
Lo primero que hizo fue fabricar la cruz. «Opté por el nogal negro, una elección poco habitual para una pieza expuesta a la alta montaña pero fue por razones más estéticas y simbólicas. Es una madera noble, con unas vetas magníficas y un color excepcional», añade. A partir de aquel tronco construyó la cruz desde cero. La cortó, la talló y añadió varios motivos de flor de lis, «un símbolo que vincula con la historia y la tradición francesa», sostiene. Después aplicó un barniz especial para protegerla de las duras condiciones meteorológicas del macizo.
A oscuras con el GPS del móvil
Con el trabajo artesanal terminado, llegó el momento de subirla. En la madrugada del 9 de mayo, acompañado por su amigo Julien Maël, el joven inició la ascensión desde el parking del Hospital de Benasque. Eran las doce de la noche y por delante tenían más de una decena de kilómetros de recorrido y cerca de 1.600 metros de desnivel positivo. Salieron cargando la cruz a la espalda en mitad de la noche. «Los relieves de la montaña eran invisibles y la única referencia para no perderse era el GPS del teléfono móvil», recuerda.
La primera parada llegó en el refugio de La Renclusa, a siete kilómetros de la salida, antes de enfilar hacia el Portillón Superior, una de las partes que el joven recuerda como «más exigentes». Horas después, llegó el amanecer: «La naturaleza nos regaló un espectáculo increíble. Fue un impulso enorme para seguir adelante», detalla.
A medida que ganaban altura comenzaron a cruzarse con otros montañeros. Algunos reconocieron inmediatamente lo que transportaba. «La gente se quedaba sorprendida al ver una nueva cruz en mi espalda. Me transmitieron mucho apoyo», se emociona al recordarlo. Incluso una alpinista le prestó uno de sus bastones para facilitarle el avance durante los tramos más severos.
La cima seguía pareciendo lejana cuando alcanzaron la zona previa al Paso de Mahoma. Allí, su compañero decidió esperar antes de afrontar el último tramo, pero Maël continuó. Cuando finalmente alcanzó la cumbre y concluyó la delicada travesía por la arista, toda la tensión acumulada afloró. «Me arrodillé y empecé a llorar al no poder creer que lo hubiera conseguido», recuerda.
La cruz del Aneto volvió a ser derribada
La repercusión de la gesta de Maël fue inmediata. De la misma manera que las redes habían comentado el robo de la cruz, hicieron lo propio con el nuevo símbolo. Sin embargo, la historia no terminó allí, ya que pocos días después la cruz volvió a ser derribada y arrojada al vacío por desconocidos. «Cuando me enteré me dio una tristeza enorme. Yo no soy una persona creyente, porque esta cruz forma parte de la propia historia de la montaña, ya que durante décadas sirvió como referencia vital para pastores, habitantes de los valles y montañeros, además de funcionar como un homenaje a quienes perdieron la vida en la altura», reconoce.
Afectado por el nuevo acto vandálico, comenzó a preparar desde Francia una nueva expedición para regresar al Aneto y volver a colocarla. Pero se le adelantaron. Antes de que pudiera organizar su viaje, dos alpinistas españoles localizaron la cruz, la recuperaron y la devolvieron a la cima. «Me impresionó ver a personas esforzándose tanto para apoyar algo que significaba mucho para mí. Al final ves que, pese a las divisiones, la montaña sigue siendo un lugar de solidaridad, respeto y fraternidad».
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