El diario LAS PROVINCIAS de Valencia, publica este artículo del Teniente Coronel, r del CIP Miguel Aparici Navarro
Cualquier fortaleza debía tener su aparte para encarcelar
A lo largo del territorio de la actual Comunidad Valenciana, varios castillos o fortificaciones históricas han cumplido un papel de prisión o lugar de encierro temporal de personas.
Uno de los más reconocidos como penitenciaría del pasado ha sido la fortaleza de la ciudad de Xàtiva, inexpugnable en sus dos partes (Mayor y Menor) sobre la cima de la sierra Vernissa; que, una vez posesión cristiana medieval, tomó el carácter de prisión de Estado. En el que estuvieron recluidos personajes de clara trascendencia; como Jaime de Aragón (conde de Urgel), los infantes Alfonso y Fernando de la Cerda y otros nobles.
El estirado amurallamiento de Sagunt también lo fue, tanto por las instalaciones cuarteleras que contuvo y, por ende, mantuvo la propia custodia de sus tropas en falta y delito o por las sobrevenidas de batallas en su entorno (en particular, durante la Guerra del Francés) y, como asimismo, el decir popular nos habla de sus «mazmorras» de ascendencia romana; que, de momento, no son visitables.
Tanto Sagunto como Peñíscola tuvieron un uso puntual, mientras que el de Xàtiva fue recinto modélico
En realidad, cualquier castillo debía tener su aparte para encarcelar y mantener retenidos en situación de circunstancias. Ocasionalmente, como penalizaciones en jurisdicciones señoriales; estando incluso en habitáculos claustrofóbicos del subsuelo, con estrecho acceso y deslizamientos con cuerdas desde la parte superior. Como podemos ver, bien grafiado y mostrado en paneles, si nos acercamos a visitar el castillo escocés de Stirling; por ejemplo. Ya que son maestros los ingleses en la pedagogía de las cárceles.
Pero sigamos con los recintos que han tenido la característica y misión de serlo.
También el de Morella fue habilitado en el siglo XV para mantener presos al Conde de Urgel y a la princesa de Viana. Sin que obviemos el tema de los enfrentamientos, asedios y cambios de posesión durante las decimonónicas Guerras Carlistas.
El castellonense recio cubo de Peñíscola también ofreció buenas posibilidades para ello, en concreto como cierre eclesiástico; además de militar. Aunque el que tiene fama histórica de tal rango religioso es el valenciano de Chulilla, recortado sobre el cañón del río Turia; que formaba parte del señorío arzobispal integrado, además, por Losa y por Villar. Sin olvidar el de Montesa, cuyo preso único al momento pereció en el terremoto.
Pero tanto Sagunto como Peñíscola tuvieron un uso puntual, mientras que el de Xàtiva fue recinto modélico; tal como se ha tratado de mantener en la memoria con la exhibición del sepulcro del Conde de Urgell en la capilla ojival, el resto del ventanal gótico de las dependencias altas que se acogieron al Duque de Calabria, las propias dos oscuras salas mazmorras (de lógico interés turístico) y el jardín recordatorio, con cartelitos plantados en la superficie abierta y mostrando los nombres y las armas nobiliarias de los hospedados a la fuerza más renombrados.
Segorbe, en tierras castellonenses, muestra los fuertes cubos medievales de La Cárcel y el Botxí (o verdugo), como resto de un legendario amplio recinto con alcázar; sobre su cerro de la Estrella. Benissanó, Buñol y Requena fueron, en cambio, jaula de plata para un rey francés Francisco I vencido y llevado hacia la Corte de Carlos I.
En algunas otras obras fuertes, como la de Villena en el valle del Vinalopó, los restos de graffitis (hoy ya protegidos, como hace muchas décadas de adelanto ya hicieron en las de la siniestra Torre de Londres) pueden observarse dibujos parietales de ociosos ocupantes enclaustrados.
Pero si de algún modo nos ha impresionado una fortaleza castillo, esta ha sido la de Santa Bárbara de la ciudad de Alicante; levantada sobre el peñón de Benacantil. De un modo bastante peculiar: por las amplias y planas losas de piedra de los espacios abiertos que rodeaban las aperturas cañoneras, y que servían para que el cañón pudiera manipularse sin un suelo embarrado; que pueden contemplarse con inscripciones grabadas pacientemente y en las que figuran nombres y otros datos de filiación (año, reemplazo, procedencia…) de presos republicanos vencidos en la guerra civil.
Por último, ningún valenciano ha de olvidarse de las torres de Serranos y de Quart de la propia capital Valencia. Pervivencias monumentales, icónicas, de la muralla ciudadana medieval; que fue derribada por empeño del gobernador Cirilo Amorós (1868), con un propósito de varios fines: laborables, salubres y de expansión.
Y quizás sea el momento, al referirnos a ellas, de enfrentarnos al mito de que siguen en alto porque eran prisión de nobles y de mujeres, respectivamente.
Poco adecuadas y capaces como recinto penal. Con abundantes conventos disponibles por la reciente Desamortización de Mendizábal (1835), había mucha disponibilidad habitacional: como ocurrirá con el convento de Monteolivete para prisión militar o el monasterio de San Miguel de los Reyes.
Digamos de una vez la verdad: Valencia no se podía permitir el lujo de deshacer (por cierto, algo tan robusto…) dos verdaderas señas de identidad de tan importante ciudad. Puertas de Madrid y de Barcelona (es decir, Europa), hermosas y dignas del indulto.
Miguel Aparici Navarro. Sección de cronistas oficiales- Real Academia de Cultura Valenciana
